Realmente es un libro que nunca me aburre: El Hobbit de J.R.R. Tolkien.
Cada escena me parece una aventura, repleta de acción, por cotidiana que sea.
El ferviente deseo de ser partícipe de aquella realidad se hace latente en mí cada vez que ese libro está entre mis manos. (Lo he leído tres veces y no me aburre en lo absoluto).
Bilbo Bolsón, un hobbit glotón y acomodado, se embarca en una gran aventura en compañía de 12 enanos y un mago, Gandalf el Gris, quien, por cierto, es mi personaje favorito. Sin embargo, es Bilbo mi ídolo espiritual y mi principal punto de proyección.
Recuerdo una ocasión en que, junto a una muy querida amiga, acordamos que ella "sería" un elfo y yo "sería" un hobbit. La verdad es que me gusta el acuerdo y me siento halagada y complacida cuando se me califica de "hobbit", aún cuando sólo se trate de una broma.
Este personaje, Bilbo, es un personaje feliz, alguien que disfruta de la vida tranquila y que, sin embargo, descubre las posibilidades de la aventura. Las posibilidades del mundo.
Simplemente es una historia maravillosa y envidiable: ¿quién no desearía habitar un universo como aquél?

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